Domingo V del Tiempo Ordinario

Ciclo B

5 de febrero de 2012

Al evangelista san Marcos lo caracteriza una gran viveza en sus descripciones. Con trazos breves, pero llenos de colorido, nos va presentando a un Jesús cercano, en cuadros cargados de un intenso significado, que retratan la experiencia de quienes tuvieron la dicha de encontrarse con el Señor durante su ministerio. Ya hemos tenido la oportunidad de conocer algunos de los episodios iniciales de su predicación y actuación pública. Aún en el marco de estos primeros sumarios hemos de ubicar el texto que ha sido proclamado hoy.

La vida humana de Jesús se desarrolla de modo semejante a la nuestra: en las coordenadas del tiempo y del espacio. El pasaje evangélico de este día nos permite destacarlo. En primer lugar, de modo familiar se nos narra la sucesión de las horas en su jornada. Los acontecimientos se abren remitiéndonos al pasaje de la semana pasada, en el que fuimos testigos del desempeño de Jesús en la sinagoga, un sábado. San Marcos explaya a lo largo de un día la secuencia de hechos: salidos de la sinagoga van a la casa de Simón y de Andrés. Más adelante se nos cuenta lo que ocurre al atardecer, cuando el sol se ponía. Después, lo que Jesús hace de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro. El tiempo de Jesús es el mismo que nosotros conocemos: los ciclos que la naturaleza nos va marcando. Es dentro de ellos que la vida acontece. Pero además, el texto nos habla de los lugares en los que actúa Jesús. Lo vemos primero saliendo de la sinagoga; a continuación, en la casa de Simón y de Andrés; más tarde, en un lugar solitario, retirado; finalmente, recorriendo los caminos y pueblos de la Galilea. Pareciera que ninguno de los espacios a los que el hombre está habituado es pasado por alto: tenemos la sinagoga, el lugar del encuentro con Dios y su palabra, y la oración común; la casa, el espacio doméstico de la convivencia con los cercanos y más conocidos; el lugar solitario, ámbito de recogimiento personal y apertura íntima a Dios; por último, las redes de comunicación que otorgan la posibilidad de alcanzar a los grupos humanos que se encuentran lejos. En todos ellos aparece Jesús llevando adelante la obra para la que ha venido.

En esta escenografía, la acción de Jesús consiste, por una parte, en predicar, curar a los enfermos y liberar a los poseídos por los demonios. No se trata de una actividad desordenada, en la que las cosas ocurren de manera fortuita. El mismo Señor indica que la manifestación del Reino es la misión para la que ha venido. La salud que pudo otorgar primero a la suegra de Pedro, en el ámbito familiar, que se extendió después en las diversas curaciones y liberaciones realizadas a la multitud que le presentaban, apiñada junto a la puerta, se desborda finalmente en el recorrido que emprende por toda Galilea. Algo importante está sucediendo, una eficaz presencia salvífica que se expande, la misión de Cristo que poco a poco nos va envolviendo. El tiempo y los espacios humanos, dentro de los cuales vemos a Jesús actuar, se han convertido en el marco de manifestación del poder de Dios.

Dignas de atención son también las reacciones que la narración nos presenta de quienes son testigos de la obra de salvación. En primer lugar, tenemos a la suegra de Pedro, la mujer que apenas es curada se pone a servirlos. Por otro lado se nos indica que a los demonios expulsados no se les permite hablar, conservando la identidad de Jesús hasta que los discípulos estén en condición de reconocerlo. De las multitudes se nos dice que habían encendido en su interior una expectativa ante las novedades que cundían, de modo que lo estaban buscando. El poder de Dios actuando en Jesús dentro de la escenografía humana tiene un impacto inmediato entre los hombres: la oferta de sentido salvífico no puede dejarlos indiferentes. En realidad, los anhelos humanos que están despertando corresponden a la misión misma de Jesús. Si Él se pone en camino y está a nuestro lado es precisamente para suscitar esa transformación en nosotros, la renovación de la fe que se genera por la predicación de la buena noticia del Reino de Dios.

La fuerza expansiva y transformadora del Evangelio terminará por involucrar a la comunidad de los discípulos que Jesús va integrando en torno a su persona. Fruto maduro de ello lo tenemos en el apóstol san Pablo, como aparece en el texto de la segunda lectura. La predicación de Jesús de tal manera lo ha tocado, que él mismo llega a identificarse con ella. ¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!, exclama. El anuncio de Jesús no es para él motivo de presunción o altivez, pues lo experimenta incluso como una obligación, un deber interior que lo impulsa y orienta. Lo reconoce, además, como una misión confiada por Dios, y no como el resultado de una iniciativa personal. Ella misma, sin embargo, cuenta con una recompensa implícita, que multiplica la generosidad en la medida en que se entra en la lógica gratuita de su origen, es decir, la bondad de Dios. Todo lo hago por el Evangelio, llega a decir el apóstol, para participar yo también de sus bienes. El Evangelio de Jesucristo es el mayor de los bienes, y entre más se comparte, por una lógica inefable, más se enriquece y fortalece quien lo entrega. La fuerza expansiva que ya reconocíamos en la actividad de Jesús se convierte en el apóstol en un fuego que lo enciende en la transmisión urgente de los bienes que ha recibido, dándole a su generosidad los rasgos de la magnanimidad de Dios. Si Dios se acercó a los hombres en su Hijo eterno, entrando a participar con ellos de su tiempo y de su espacio, ahora el apóstol sabe también entrar a los ambientes de sus evangelizados, convirtiéndose en esclavo de todos, para ganarlos a todos, haciéndose débil con los débiles para ganar a los débiles, todo a todos, a fin de ganarlos a todos.

Los bautizados, como discípulos del Señor, tenemos estos dos focos permanentes de referencia. Por una parte, se nos invita constantemente a reconocer a Jesús en los parámetros ordinarios de nuestra vida. Antes de que el sol caiga o se levante, en el decurso del día o de la noche, siempre es un tiempo oportuno para asociarnos al Evangelio. Ya nos encontremos en los lugares de oración comunitaria, ya en el hogar, ya en los caminos en los que coincidimos con el prójimo o en la más recogida soledad, la palabra de verdad que libera del engaño y la acción de caridad que ahuyenta el pecado, así como la oración de intimidad con el Padre, son siempre posibles, siempre justas y necesarias, siempre nuestro deber y fuente de salvación. Pero además, el discipulado nos enciende también con la responsabilidad misionera que caracterizó a los apóstoles. Siempre hay un “más allá” hacia el cual dirigir nuestros pasos, un nuevo horizonte que podemos alcanzar en la dicha de compartir el Evangelio. ¡Ay de mí si no me lanzo más allá, a comunicar el gozo de haber sido alcanzado por la gracia! Vamos allá, pues para eso soy cristiano. Ninguna puerta está cerrada, en realidad, para quien en toda ocasión vive bajo el impulso del Espíritu evangelizador. Aún las lamentaciones que pueden brotar de los corazones angustiados encuentran su salud y su fuente de renovación en el encuentro con el poder de Cristo. En muchas ocasiones, la vida puede parecer un soplo o una carga difícil. Pero ninguna situación de vida, ni la más deprimente o difícil, ni la enfermedad ni la persecución, ni la incomprensión ni el descrédito, carecen de significado para quien se ha asociado al anuncio de la salvación. Entre más hondo es el clamor humano, y entre más se arremolinan los hombres buscando una palabra de salud y de consuelo, más debe proclamarse el Evangelio de Jesucristo. Hoy, a las puertas del hogar, el Señor sana los corazones quebrantados y venda las heridas, y tiende su mano a los humildes. Que esta Eucaristía nos confirme como testigos e instrumentos del amor de Dios.

Lecturas

Lectura del libro de Job (7,1-4.6-7)

En aquel día, Job tomó la palabra y dijo: “La vida del hombre en la tierra es como un servicio militar y sus días, como días de un jornalero. Como el esclavo suspira en vano por la sombra y el jornalero se queda aguardando su salario, así me han tocado en suerte meses de infortunio y se me han asignado noches de dolor. Al acostarme, pienso: ‘¿Cuándo será de día?’ La noche se alarga y me canso de dar vueltas hasta que amanece. Mis días corren más aprisa que una lanzadera y se consumen sin esperanza. Recuerda, Señor, que mi vida es un soplo. Mis ojos no volverán a ver la dicha”.

Salmo Responsorial (146)

R/. Alabemos al Señor, nuestro Dios.

Alabemos al Señor, nuestro Dios,
porque es hermoso y justo el alabarlo.
El Señor ha reconstruido a Jerusalén
y a los dispersos de Israel, los ha reunido. R/.

El Señor sana los corazones quebrantados
y venda las heridas.
Tiende su mano a los humildes
y humilla hasta el polvo a los malvados. R/.

Él puede contar el número de estrellas
y llama a cada una por su nombre.
Grande es nuestro Dios, todo lo puede;
su sabiduría no tiene límites. R/.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios (9,16-19.22-23)

Hermanos: No tengo por qué presumir de predicar el Evangelio, puesto que ésa es mi obligación. ¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por propia iniciativa, merecería recompensa; pero si no, es que se me ha confiado una misión. Entonces, ¿en qué consiste mi recompensa? Consiste en predicar el Evangelio gratis, renunciando al derecho que tengo a vivir de la predicación. Aunque no estoy sujeto a nadie, me he convertido en esclavo de todos, para ganarlos a todos. Con los débiles me hice débil, para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos, a fin de ganarlos a todos. Todo lo hago por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes.

R/. Aleluya, aleluya. Cristo hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros dolores. R/.

Del Santo Evangelio según san Marcos (1,29-39)

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y enseguida le avisaron a Jesús. Él se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles. Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero no dejó que los demonios hablaran porque sabían quién era él. De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. Simón y sus compañeros lo fueron a buscar, y al encontrarlo, le dijeron: “Todos te andan buscando”. Él les dijo: “Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido”. Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios.