Domingo XVII del Tiempo Ordinario

Ciclo C

25 de julio de 2010

De manera insistente, el Evangelio según san Lucas coloca a los discípulos detrás de Jesucristo, siguiendo los pasos del Maestro. Ellos deben asimilar en su propia existencia lo que el Señor les muestra con su testimonio, con su manera de vivir, con sus palabras. El día de hoy esto mismo sucede en lo que se refiere a la oración. También es el tercer evangelista el que con más frecuencia nos deja ver a Jesús en oración. En todos los momentos importantes de su camino lo encontramos retirado para entrar en intimidad con su Padre. Hoy se nos dice que un día, Jesús estaba orando y cuando terminó, uno de sus discípulos le pidió que les enseñara a orar, como Juan el Bautista había enseñado a sus discípulos. Lo que sigue es la versión lucana del Padre nuestro.

Antes, sin embargo, de considerar el contenido de la oración, hemos de detenernos en el hecho mismo de este aprendizaje. Nunca el Señor Jesús se limita a presentar su enseñanza como un conjunto de palabras sin sustento en la vida. Al contrario, si les enseña a enseñar con palabras determinadas es porque ellas implican un estilo de actuación, una disposición general ante la realidad, una actitud de vida. El cristiano aprende a orar de su Señor. La oración del bautizado será siempre una participación del diálogo íntimo de Jesús con su Padre, ya que ha recibido la vida nueva de Cristo. Por el bautismo fueron ustedes sepultados con Cristo y también resucitaron con Él, nos recuerda san Pablo en la segunda lectura. Ello orienta totalmente la existencia cristiana, y ello marca también la vida interior del creyente: el vínculo radical, constante, con Jesucristo en su misterio pascual. La enseñanza del Maestro sólo puede ser plenamente asumida por el discípulo en la medida en que ésta permea todos los aspectos de la propia vida. Oramos en Cristo.

Pero también oramos como Cristo, pues esa participación le da a nuestra oración una “forma”, la misma que tuvo en las palabras y en las actitudes filiales de Jesús. La elevación confiada de su corazón al Padre se convierte en el modelo para las palabras que ha de atreverse a pronunciar el seguidor de Cristo: “Padre”. Atreverse a pronunciar, hemos dicho, como lo indica también la introducción a la oración dominical del formulario de la Misa: “Fieles a la recomendación del Salvador, y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir”.  Nadie tiene derecho a adjudicarse la condición de hijo de Dios. El único que es naturalmente Hijo de Dios es nuestro Señor. Y es porque Él nos ha enseñado a orar, y nos ha indicado que lo hagamos como Él, que por participación nos atrevemos a decir “Padre nuestro”. Bendita osadía. Porque nos dejamos guiar por Él y su enseñanza, nos atrevemos a llamarlo “padre”. Y no sólo lo llamamos con esta palabra, sino que nos introducimos desde el corazón hasta la entrega confiada que el Hijo realiza eternamente con su Padre. Nuestra humanidad se arropa en la confianza infinita del Hijo eterno del Padre. En Cristo nuestra palabra alcanza al Padre como nuestro propio Padre. Y lo hace de tal manera que la misma intimidad de Dios se convierte en el contenido de nuestra súplica, de nuestro atrevimiento y de nuestra certeza: soy hijo de Dios en Cristo, porque Él me introduce a esta dignidad.

De los sentimientos del hijo nos continúa hablando el Evangelio. “¿Habrá entre ustedes –pregunta el Señor– algún que, cuando su hijo le pida pescado, le dé una víbora? ¿O cuando le pida huevo, le dé un alacrán?”. La comparación de Jesús interpela los más nobles sentimientos del mismo ser humano. Nosotros somos capaces de bondad. Incluso la mayor parte de los hombres que pudiéramos encontrar perdidos en los vicios y el odio guardan interiormente alguna reliquia de ternura y generosidad. “Pues si ustedes, que son malos –continúa el Señor– saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?”. Esa carga de bondad que puede haber en nuestro ser debe proyectarse al absoluto cuando consideramos las entrañas de Dios, que son siempre misericordiosas y compasivas. Atendiendo nuestra propia capacidad de simpatía y buena disposición hacia nuestro prójimo, rescatemos la más leve sonrisa que seamos capaces de producir ante quienes queremos y descubramos que el amor de Dios será siempre infinitamente mayor que el nuestro. Necesariamente quedaremos asombrados.

De alguna manera, una comparación semejante debemos reconocer en la narración del Génesis. Abraham es consciente de la maldad que hay a su alrededor. Las ciudades amenazadas con el castigo divino son auténticas portadoras de mezquindad y aberraciones. Pero ¿todo estará perdido?, se pregunta. Y su inquietud se eleva como una oración confiada. Si hay algo bueno, debe ser rescatado. Así ha de entenderse la especie de regateo que se nos presenta en la oración de Abraham. Él logra tener sentimientos de piedad por aquellos hombres. ¿No valdría la pena salvar la ciudad por cincuenta…, por cuarenta y cinco… por treinta… por diez justos? Y esta misma lógica nos debe guiar al considerar a nuestros hermanos, incluso quienes hayan sucumbido a los más graves actos de perversión: ¿Todo estará perdido para ellos? ¿No habrá en su interior algún nivel de justicia por el que valga la pena salvarlo todo, como persona íntegra? ¿No se podrá hacer algo para no caer en la tentación de la destrucción total? Una auténtica mirada de Padre no puede nunca perder la esperanza de la conversión y la salvación. Y esa mirada redentora es la que el Padre tiene sobre nosotros.

Pero hemos de observar, además, que esa mirada del Padre se dirige también hacia nuestros hermanos. Así como la lección de Jesús nos provoca a considerar las reliquias de bondad que hay en nuestro corazón, nos exige también con realismo descubrir la necesidad que tenemos de pedir perdón. Hemos fallado; con frecuencia nuestros comportamientos se han alejado de lo que Dios esperaría de sus hijos, y sinceramente acudimos a su clemencia. Ello conlleva la disposición a ofrecer también nosotros el perdón a quienes nos lastiman. Nada hay más sublime que el perdón. Es el único bálsamo eficaz para sanar un corazón herido. Todo lo que se le opone en la cadena de violencia y agresión que puede establecerse en las relaciones humanas termina por agotar nuestras energías y tumbarnos en la desesperación: la sed de venganza, el odio, el rencor. Y también los sentimientos de perdón son participación de la misericordia divina, pues lo que el Hijo eterno presenta al Padre indulgente, la súplica eficaz de que nuestros pecados sean eliminados en el misterio de la Cruz, corresponde a ese proyecto de Dios de rescatarnos. La tentación más grande, de la que pedimos ser liberados, tal vez sea la de renunciar al perdón, ya sea para nosotros o para nuestros semejantes.

El don que recibimos para orar adecuadamente es la misma persona del Espíritu Santo. En Él está la fuerza, la lógica y la eficacia del amor de Dios que alcanza nuestras personas y las capacita para dirigirnos con nuestros pasos hacia el Padre, imitando a Jesús, y al mismo tiempo nos entrega la vida nueva de la caridad desde la cual podemos hacer del perdón algo característico de nuestra relación con el prójimo. Entre más grandes han sido las ofensas, entre más hondas las heridas, más necesitamos del Espíritu del Padre. Pidámoslo en esta celebración con humildad y osadía. Atrevámonos a suplicar de Dios la liberación interior que sólo proviene del que ama plenamente. Es el amor del Señor el que perdura eternamente, y Él no se olvida de que somos obra suya, y jamás nos abandona.

 

Lecturas

Lectura del libro del Génesis (18,20-32)

En aquellos días, el Señor dijo a Abraham: “El clamor contra Sodoma y Gomorra es grande y su pecado es demasiado grave. Bajaré, pues, a ver si sus hechos corresponden a ese clamor; y si no, lo sabré”. Los hombres que estaban con Abraham se despidieron de él y se encaminaron hacia Sodoma. Abraham se quedó ante el Señor y le preguntó: “¿Será posible que tú destruyas al inocente junto con el culpable? Supongamos que hay cincuenta justos en la ciudad, ¿acabarás con todos ellos y no perdonarás al lugar en atención a esos cincuenta justos? Lejos de ti tal cosa: matar al inocente junto con el culpable, de manera que la suerte del justo sea como la del malvado; eso no puede ser. El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?”. El Señor le contestó: “Si encuentro en Sodoma cincuenta justos, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos”. Abraham insistió: “Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Supongamos que faltan cinco para los cincuenta justos, ¿por esos cinco que faltan, destruirás toda la ciudad?”. Y le respondió el Señor: “No la destruiré, si encuentro allí cuarenta y cinco justos”. Abraham volvió a insistir: “Quizá no se encuentren allí más que cuarenta”. El Señor le respondió: “En atención a los cuarenta, no lo haré”. Abraham siguió insistiendo: “Que no se enoje mi Señor, si sigo hablando, ¿y si hubiera treinta?”. El Señor le dijo: “No lo haré, si hay treinta. Abraham insistió otra vez: “Ya que me he atrevido a hablar a mi Señor, ¿y si encuentran sólo veinte?”. El Señor le respondió: “En atención a los veinte, no la destruiré”. Abraham continuó: “No se enoje mi Señor, hablaré sólo una vez más, ¿y si se encuentran sólo diez?”. Contestó el Señor: “Por esos diez, no destruiré la ciudad”.

Salmo Responsorial (Del Salmo 137)

R/. Te damos gracias de todo corazón.

De todo corazón te damos gracias, Señor,
porque escuchaste nuestros ruegos.
Te cantaremos delante de tus ángeles,
te adoraremos en tu templo. R/.

Señor, te damos gracias
por tu lealtad y por tu amor;
siempre que te invocamos, nos oíste
y nos llenaste de valor. R/.

Se complace el Señor en los humildes
y rechaza al engreído.
En las penas, Señor, me infundes ánimo,
me salvas del furor del enemigo. R/.

Tu mano, Señor, nos pondrá a salvo
y así concluirás en nosotros tu obra.
Señor, tu amor perdura eternamente;
obra tuya soy, no me abandones. R/.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los colosenses (2,12-14)

Hermanos: Por el bautismo fueron ustedes sepultados con Cristo y también resucitaron con Él, mediante la fe en el poder de Dios, que lo resucitó de entre los muertos. Ustedes estaban muertos por sus pecados y no pertenecían al pueblo de la alianza. Pero Él les dio una vida nueva con Cristo, perdonándoles todos los pecados. Él anuló el documento que nos era contrario, cuyas cláusulas nos condenaban, y lo eliminó clavándolo en la cruz de Cristo.

R/. Aleluya, aleluya. Hemos recibido un espíritu de hijos, que nos hace exclamar: ¡Padre! R/.

Del santo Evangelio según san Lucas (11,1-13)

Un día, Jesús estaba orando y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”. Entonces Jesús les dijo: “Cuando oren, digan: ‘Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas, puesto que también nosotros perdonamos a  todo aquel que nos ofende, y no nos dejes caer en tentación’”. También les dijo: “Supongan que alguno de ustedes tiene un amigo que viene a medianoche a decirle: ‘Préstame, por favor, tres panes, pues un amigo mío ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle’. Pero él le responde desde dentro: ‘No me molestes. No puedo levantarme a dártelos, porque la puerta ya está cerrada y mis hijos y yo estamos acostados’. Si el otro sigue tocando, yo les aseguro que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su molesta insistencia, sí se levantará y le dará cuanto necesite. Así también les digo a ustedes: Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá. Porque quien pide, recibe; quien busca, encuentra, y al que tocan, se le abre. ¿Habrá entre ustedes algún padre que, cuando su hijo le pida pescado, le dé una víbora? ¿O cuando le pida huevo, le dé un alacrán? Pues, si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?”.